Una ola gigante provocó una tragedia este domingo en Santa Clara del Mar, donde un joven murió tras ser arrastrado por el agua y golpearse contra las piedras. El fenómeno dejó además decenas de heridos y al menos una persona sufrió un infarto, según confirmaron fuentes oficiales de la provincia de Buenos Aires.
El titular de Defensa Civil bonaerense, Fabián García, confirmó que la ola superó los cinco metros de altura y definió lo ocurrido como un evento extremo e imprevisible. “Fue empujado por el agua y golpeó contra unas rocas. Son fenómenos poco frecuentes y difíciles de anticipar”, explicó el funcionario al referirse al fallecimiento del joven.
Especialistas identificaron el episodio como un meteotsunami, un fenómeno oceánico inusual que genera olas de gran magnitud con un comportamiento similar al de un tsunami, aunque con un origen diferente.
A diferencia de los tsunamis clásicos, que suelen estar asociados a terremotos o deslizamientos submarinos, los meteotsunamis son impulsados por eventos meteorológicos extremos, como tormentas intensas, cambios abruptos de presión atmosférica y ondas de gravedad en la atmósfera.
Estas olas se caracterizan por ser progresivas, desplazarse de manera horizontal y tener una duración mucho mayor que las olas comunes. Mientras el oleaje habitual rompe cada pocos segundos, un meteotsunami puede extenderse durante varios minutos o incluso horas, lo que incrementa de forma significativa el riesgo para quienes se encuentran en zonas costeras.
El mecanismo detrás de las olas gigantes y las regiones donde se registran
Para que se produzca un meteotsunami deben confluir condiciones muy específicas. Investigaciones científicas señalan que se requiere una costa de poca profundidad, un sistema atmosférico inestable y una sincronización precisa entre la velocidad de la onda atmosférica y la ola marina. Cuando estos factores coinciden, el mar absorbe energía del sistema meteorológico y la ola crece de manera abrupta.
Este tipo de fenómenos se registra con mayor frecuencia en el Mediterráneo, el Adriático, el golfo de México, los Grandes Lagos y la costa este de Estados Unidos, donde se contabilizan decenas de episodios por año, aunque la mayoría de baja intensidad. Especialistas advierten que el cambio climático podría favorecer la aparición y la intensidad de estos eventos extremos.
